El lenguaje del alma

¿Eres capaz de crear tu futuro a través de las palabras?

Estos días de ausencia he reflexionado sobre la capacidad de transformarnos a nosotros mismos, y me he dado cuenta de la importancia del lenguaje. No solo nos ayuda a entender el lenguaje del alma, sino que también es el instrumento con el que formar una realidad que todavía no existe y está en nuestras manos: nuestro futuro.

Un determinado uso de las palabras puede incluso acentuar nuestros sentidos y nuestra capacidad de observación. Los esquimales por ejemplo, disponen de hasta una centena de nombres diferentes para referirse al color blanco. En nuestra lengua podemos con suerte llegar a tres si somos diseñadores o vamos a comprar pintura y tenemos que distinguir entre el merengue, el pastel y el blanco roto. Esa riqueza de matices les hace más sensibles a la hora de diferenciar los cambios de luz que se producen durante el día y a apreciar con más intensidad un anochecer o un amanecer.

El otro día vi una charla de la doctora Lera Boroditsky en la que decía que se hablan 7.000 lenguas en el mundo y desaparece una lengua a la semana. Esta cifra es además de escalofriante, una enorme pérdida. Y no sólo cultural, sino también cognitiva. La diversidad lingüística nos revela lo ingeniosa y flexible que puede ser la mente humana. Las palabras crean pensamientos y los pensamientos, existencia, como diría Shakespeare:

“Utilicemos el instrumento más poderoso que tenemos para elegir la narrativa de nuestro futuro”.

Lera Boroditsky, que es profesora en la Universidad de California en San Diego y redactora jefe de la revista Frontiers in Cultural Psychology, decía en su conferencia de TEDWomen que nuestra lengua materna moldea nuestra forma de pensar. Las diferencias en el pensamiento y la percepción se originan en base a diferencias léxicas y sintácticas entre los distintos lenguajes que existen en el mundo. Boroditsky apoya la hipótesis de que la cognición humana no es universal, depende de la lengua y la cultura de cada uno de nosotros.

Recuerdo haber leído en una oportunidad que el emperador romano CarloMagno llegó decir que tener una segunda lengua era tener una segunda alma. Otros sin embargo creyeron que esta idea pecaba de ser axiomática y que las palabras no son tan definitorias de la realidad que percibe o crea el ser humano. De ahí que Julieta muestre a Romeo su incredulidad ante el amor romántico que formulan las palabras con esta reflexión:

¿Qué es un nombre? Una rosa con otro nombre seguiría oliendo igual de bien. Y no le falta razón.

Sin embargo, aunque el lenguaje no llegue a ser determinante en nuestro modo de aprender la realidad, sí modifica nuestra percepción y nuestra forma de pensar. Pongamos el ejemplo de las lenguas que no tienen un sistema de numeración. Son incapaces de desarrollar álgebra o matemáticas y, como consecuencia, incapaces de proyectar una arquitectura compleja, un sistema contable que distribuya riqueza o cualquiera de los avances tecnológicos en los que vivimos inmersos.

Un caso curioso es el del cómo el uso de un determinado género varía nuestra percepción sobre el sujeto. ¿Sabías que  en alemán la palabra “puente” es femenina, contrariamente al español, en el que es masculina? Por ellos nuestros vecinos germanos se refieren a los puentes con adjetivos identificados con cualidades femeninas como: elegante y bello. En español hablaríamos de fuerte o largo.

Construye con palabras el lenguaje del alma

La lengua no solamente nombra realidades, también las evoca. Por ejemplo, la poesía es un excelente vehículo para generar imágenes imposibles, como ocurre con este poema de Yolanda Sáenz de Tejada que recito en su audiolibro “Poesía para directivos” –

Me gustan mucho

tus alas.

Alas de pez y

de tierra,

de mordiscos

casi de sangre y

de amante

libre.

Alas que necesito

acariciar.

Y me gustan tanto

(tus alas)

que a veces,

cuando duermes,

te arranco

una pluma de

la espalda y

la chupo

obsesivamente

para quedarme

con el resto

de tu vuelo

entre mis dientes.

Me enloquecen

tus alas.

Alas que

me empujan

al vacío,

que me gritan

que salte

contigo

(aunque yo sepa

que me

destrozaré las

raíces y los

sueños si

nos caemos).

Tus alas,

las que hoy,

sin dudarlo,

me quitan

el frío y

me recogen

de mi mundo

para crear

un nido

contigo.

“Plumas en la espalda”, “vuelo entre los dientes”…

Son realidades que no existirían fuera de las palabras. Y que gracias al poder transformador del lenguaje podemos tomar para dibujar nuestro propio futuro, para reflejar el lenguaje del alma.

Pensad en vuestra lengua nativa y en vuestras expresiones, tomad un minuto y reflexionad: ¿Cómo podemos entrenar a nuestro cerebro para que sea más ágil a la hora de cambiar la perspectiva sobre los elementos que nos bloquean? Quizá en el uso de las palabras encontremos una poderosa herramienta para transformar nuestra vida y pensamientos.

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