El silencio que esconde el ADN

Hoy quiero compartir con vosotros una historia de pasión, humildad y superación, la historia que se esconde tras uno de los mayores silencios históricos del siglo XX, el descubrimiento de la estructura del ADN; un hecho que sólo fue posible gracias a la gran capacidad de Rosalind Franklin y que deja en evidencia la relación entre la ciencia, la ética y el reconocimiento del valor femenino de la época.

En 1951 Rosalind ya era titulada en física, química y matemáticas, y formaba parte del apenas diez por ciento de mujeres que se habían graduado en la Universidad de Cambridge. Fue entonces cuando el King´s College de Londres la invitó a trabajar en la división de biofísica junto a Maurice Wilkins, más en concreto en la investigación sobre el ADN.

Gracias a sus conocimientos previos en las técnicas de difracción de rayos X Rosalind obtuvo la famosa Foto51 en la que quedó evidenciada la doble estructura del ADN, hecho que guardó celosamente y lejos de su compañero Wilknins, quien siempre se había mostrado a disgusto por trabajar con ella.

Una tarde de 1953 Wilkins encontró y reveló la información celosamente guardada por ella a sus contrincantes en Cambridge, Watson y Crick, quienes presentaron el descubrimiento como propio ante la comunidad científica, obteniendo el reconocimiento en 1962 del Nobel de ciencia; Rosalind siempre pensó que había una notable coincidencia entre los datos de su investigación y los expuestos por el equipo de Cambridge.

A pesar de aquella época de frustración en el King´s College, su trayectoria científica se distinguió por su extrema claridad y perfección, lo que probablemente incentivó la rivalidad de Wilkins.

Franklin fue una profesional impecable, que logró publicar mucho más que otros científicos de la época y que cuenta entre sus contribuciones con la investigación que permitió la producción de la máscara de gas, lo que supuso una gran ventaja bélica para Gran Bretaña en los combates de la II Guerra Mundial.

De familia judía y posición acomodada, enfrentó desde muy temprana edad las cuestiones sexistas de la época. A sus veinte años, Rosalind Franklin ya tenía clara su vocación como científica, sin embargo, la tuvo que defender ante su padre, su gran opositor quien no apoyaba su decisión. Para ello redactó un manifiesto de rebeldía, en el que su determinación, pasión y amor por la humanidad convierten estas líneas en un referente a la hora de hablar de las mujeres en la ciencia.


“Estoy de acuerdo en que la fe es fundamental para tener éxito en la vida, pero no acepto tu definición de fe, la creencia de que hay vida tras la muerte.

En mi opinión, lo único que necesita la fe es el convencimiento de que esforzándonos en hacer lo mejor que podemos nos acercaremos al éxito, y que el éxito de nuestros propósitos, la mejora de la humanidad de hoy y del futuro, merece la pena conseguirse”


En 1968 cuando James Watson público su libro “La doble hélice” reveló el hecho de aquella tarde en la que gracias a Wilkins conoció la Foto51. Fue entonces cuando la comunidad científica comenzó a murmurar al respecto y Brenda Maddox pública su obra “La Dama Oscura del ADN”, obra que reivindica el descubrimiento de Rosalind. Para entonces, habían pasado diez años de su muerte.

La pasión de Rosalind Franklin y su manifiesto nos recuerdan que no importan las circunstancias; servir a la humanidad es el mayor reconocimiento a cualquier esfuerzo y nuestro mayor legado. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿cuántos silencios más hay en la historia que esconden el éxito alcanzado gracias al talento femenino?

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