¿Conoces a Jocelyn Bell?

Una gran biblioteca a su alcance: eso fue lo que despertó la curiosidad por el conocimiento de la mujer que llegó a descubrir los púlsares, uno de los hitos más destacables de la astrofísica de nuestra era y de todos los tiempos. Jocelyn Bell nació en 1943 en Belfast y fue alumna de las Universidades de Glasgow y Cambridge.

Pero antes de llegar a sus aulas hay una historia cotidiana y al tiempo muy interesante que nos ayuda a entender la carrera de esta científica admirable, capaz de conseguir los objetivos que nacieron de sus lecturas de infancia y adolescencia en aquella biblioteca de su padre, arquitecto y gran estudioso de la astronomía.

Como cualquier adolescente, durante sus años de escuela Jocelyn sintió una especial atracción por una de las materias que le tocó estudiar: la física. Y todo gracias a uno de sus profesores, capaz de hacerla entender esta disciplina como algo sencillo; enseñándola a tener en cuenta únicamente los datos necesarios para poder desarrollarlos en una investigación posterior.

Cuando supo que lo que quería ser era radioastrónoma, comenzó precisamente por estudiar Física en la Universidad de Glasgow, consiguiendo el doctorado más tarde en Cambridge. Y aquí comienza la aventura que le otorgará el reconocimiento posterior. Por dos razones: consigue uno de los mayores descubrimientos en el mundo de la astrofísica: los púlsares. Y al mismo tiempo, su profesor de doctorado, Antony Hewish  del que fue discípula, recibirá el premio Nobel por ese mismo hallazgo, privándole a ella del reconocimiento. Más allá de la propia injusticia, en el tiempo permanece la estela del mérito de una inteligencia extraordinaria que ha sido reconocida en otras instancias, entre ellas en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España con su medalla de oro en 2015.

Durante el tiempo que duró su doctorado, Jocelyn participó en la construcción de un radiotelescopio para usar los destellos interplanetarios de los cuásares, cuerpos celestes descubiertos poco tiempo antes. Sin embargo ella descubrió, en los registros de las lecturas, un pulso regular de uno por segundo —una señal demasiado rápida como para ser de un cuásar— al que llamaron “little green men” u hombrecillos verdes en inglés, ya que pensaron que se podría tratar de vida extraterrestre. Sin embargo esto fue identificado más tarde como el primer púlsar o estrella de neutrones con una radiación muy intensa a intervalos cortos y regulares. Los púlsares cuentan con un fuerte campo magnético, razón por la que emiten estos pulsos de radiación a intervalos regulares en relación al período de rotación del objeto.

A mediados del siglo XX aún quedaban muchos misterios del universo por conocer y resolver los misterios que encerraban estos peculiares objetos nos ha llevado a una mejor comprensión de la bóveda celeste.

Y en el origen de la resolución de ese misterio estaba una mujer, tan injustamente en la sombra, como el valor de su investigación. Esto es especialmente frecuente en la historia de la ciencia; sus colegas no las han reconocido y mucho menos el público no especializado. Han quedado en el ostracismo y el fruto de sus horas de trabajo ha servido a mayor gloria de otros o bien duermen en las estanterías de alguna biblioteca; y en el peor de los casos, han sido destruidos.

Por fortuna, esto está cambiando, aunque aún no gozan del reconocimiento deseado. En nuestro país podemos sentirnos orgullosos de científicas como Margarita Salas, cuyos trabajos son reconocidos a nivel internacional, colocándonos en un país de primera línea en investigación, a pesar de la falta de medios que se acusa en muchos casos.

Jocelyn Bell sigue transmitiendo sus conocimientos a través de su puesto como profesora visitante en la Universidad de Oxford. Y desde 1999 es comendadora de la Orden del Imperio Británico. Este es mi pequeño homenaje a una mujer capaz de desarrollar un trabajo portentoso, que todo el mundo debería conocer.

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