El desarrollo de hoy, ¿nuestro legado de mañana?

“Resolver problemas —grandes problemas— es siempre un proyecto colaborativo”. Esta frase podría ser el comienzo de cualquier artículo dedicado al desarrollo mundial. En este caso su autor es Max Roser, economista de la Universidad de Oxford con una visión optimista del mundo en general y de su desarrollo en particular, aunque no resulte una opinión compartida por el grueso del público.

Si echamos la vista atrás y analizamos brevemente nuestra historia es fácil que surja la preocupación por el desarrollo; podríamos decir que casi se convierte en una cuestión de responsabilidad colectiva que va más allá de un estudio puramente económico. La idea de que hoy el mundo es mejor que hace 30 años puede resultar absurda para muchos, sin embargo, las cifras constatan una realidad y no un falso optimismo.

El año pasado, durante una conferencia Ngozi Okonjo-Iweala, exministra de finanzas de Nigeria afirmaba: “creo firmemente que la narrativa del crecimiento de África no es una casualidad. Es una tendencia.  África seguirá creciendo”. Y ello a pesar de todos los errores cometidos en el pasado y todos problemas que aún arrastra el continente: pobreza, falta de creación de puestos de trabajo, aumento de la desigualdad o falta de infraestructuras.

Ella habla de la “narrativa del África emergente” y para ello se basa en algunos aspectos en los que sí se ha trabajado bien, por ejemplo, la mejor gestión de sus economías a través de la reestructuración de las empresas deficitarias, la revolución de las telecomunicaciones, la mayor inversión en educación y en salud o la disminución de los conflictos.

Creo que África es un escenario perfecto para poder apreciar el progreso de una nación porque desgraciadamente siempre ha sido un ejemplo de pobreza y conflictos de todo tipo.

Este enorme desafío ha sido labor no solo de la ONU sino también de los trabajadores de todos los países de este continente en vías de desarrollo, implicados en los proyectos de mejora de sus espacios; también de gobernantes responsables, capaces y conocedores del terreno. Ngozi Okonjo-Iweala es un buen ejemplo de personaje comprometido con su país y a la larga, con su continente.

Según datos de la ONU, la tasa de pobreza en el África subsahariana (población que vive con menos de 1,25 dólares por día) se redujo al 48,5% entre los años 2000 y 2010.

Pese a esta visión optimista, hay quienes no piensan lo mismo y aportan una perspectiva que ellos califican como más realista. En la obra “Los límites al crecimiento 30 años después”, de Donella Meadows, Jorgen Randers y Dennis Meadows, investigadores del MIT, los datos aportados son menos “felices”. En este libro hablan del “éxito para los exitosos” y de la creciente brecha entre ricos y pobres: “a pesar de que, en teoría, la economía produce suficiente para alimentar a todos, el sistema actual de distribución no lo permite. En algún momento, tanto la población como la economía llegarán al límite y dejarán de crecer”.

Y a la pregunta de qué limita el crecimiento, responden contundentes: “la provisión de energía o materias primas de la Tierra no limita el crecimiento. La mayoría de los recursos todavía se dan en abundancia. El problema es que llegar a ellos es cada vez más costoso. Cuando el costo de extraer recursos exceda el rendimiento, la economía empezará a contraerse”.

Y apuestan por la sostenibilidad: “en vez de continuar con el crecimiento por el crecimiento mismo, la sociedad aprenderá a evaluar cada nueva tecnología en términos de sostenibilidad”.

De hecho para una empresa, ser sostenible hoy en día es tan importante como lo fue la revolución industrial en su momento. Así queda patente en el libro “Desarrollo verde, utilidades verdes”, editado por Roland Berger Strategy Consultants. De nuevo crecimiento y empresa. En torno a esta idea central, se afirma que “las innovaciones ecológicas transformarán a las sociedades. Las formas alternativas de energía y su distribución, la reducción de residuos y la mayor efectividad energética cambiarán la manera de funcionar de gobiernos, empresas y hogares”.

Aunque muchos crean que el mundo no prospera ni mejora, todo apunta al cambio, sin miedo, y todo con el mismo objetivo: optimizar lo que ya tenemos de la manera más racional posible. Basta una sola razón para ello: la consciencia del desarrollo global, imparable. Y ese será nuestro legado.

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