El conformismo o la otra cara de la moneda

Si hace una semana hablaba del cambio, hoy viajo hasta el extremo opuesto para zambullirme en una idea que, aunque no me seduce, es tan común como la anterior. Desconozco el porcentaje, pero seguramente hay un buen número de personas que integran la cifra de los que sienten que les vale todo; que donde están y como están, están bien. Sin más. Es lo que podríamos denominar la parálisis del cambio.

Por extraño que parezca, hay quienes no quieren cambiar nunca; sumergidos en su zona de confort, con falta total de iniciativa, apelan a las ventajas de una seguridad ganada con el tiempo, sin percatarse de que ésta, en realidad es ficticia.

Y curiosamente este tema ha sido fuente de inspiración, seduciendo tanto a escritores como a investigadores del comportamiento humano. Quizá sea la necesidad de sentirse aprobado por los otros, el miedo a equivocarse o la búsqueda constante de la certeza.

Y eso hace que nos perdamos en un entramado social que dificulta el inconformismo, la opinión discordante y original, algo difícilmente entendible cuando uno solo sabe mirar hacia delante, apostar por la innovación y avanzar, pase lo que pase. Medir los riesgos, sí, pero no parar.

Podríamos decir, sin embargo que la conformidad no es en sí misma una actitud necesariamente negativa; todo va en un función de las condiciones de que se trate. Pero, ¿quién quiere conformarse?

Un gran ejemplo literario de esta parálisis ante el cambio lo encontramos en la obra de Herman Melville, “Bartleby o el escribiente”, en la que se describe a la perfección esta actitud en el tipo de personaje que protagoniza el texto.  Un escribiente que nunca se sale de los límites establecidos, incomparable a sus compañeros de despacho. Frases como “Bartleby seguía inconmovible al lado del cuarto (…)” dan una idea de la pasividad del sujeto, de su nihilismo.

Y al mismo tiempo este personaje es un verdadero agente del caos, que protagoniza una vida sin referencias y por tanto, absurda.

Otra opinión interesante y certera, a mi juicio, es la del lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky, que tras profundizar en el estudio del tema afirmó que “caso tras caso, vemos que el conformismo es el camino fácil, y la vía al privilegio y el prestigio. La disidencia trae costos personales”.

Nunca ha sido mi elección, y además percibo el conformismo como algo muy arriesgado, pero al mismo tiempo creo que el debate a dos entre estas opciones vitales, puede ser interesante. Abrámoslo pues.

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