Por qué tememos al riesgo y cómo beneficiarnos de él

Moverse en el mundo de los negocios, implica riesgos. Exactamente Igual que hacerlo en el deportivo, en el de los viajes, en el de la alta cocina, o en cualquier otro. El lugar y el momento podríamos decir que son irrelevantes; la exposición a la incertidumbre es inherente a cualquier acción que llevemos a cabo; sin embargo no por ello es mala. Al contrario: creo que puede convertirse en un acicate, en un verdadero estímulo, si sabemos gestionarla.

De hecho me gusta hablar del riesgo como algo positivo, eso que nos mantiene en guardia en muchos momentos. Démosle la vuelta a la tortilla: ¿existen oportunidades sin riesgos? Creo que no. La obtención de valor solo es posible si se nos presenta una oportunidad y sabemos aprovecharla. Parecen demasiados condicionantes pero en realidad no es tan difícil que ocurra.

Cuando somos niños cometemos riesgos de manera inconsciente; sin embargo, como adulto, puedo decir que, al igual que todos, he aprendido a estudiar las situaciones, a auscultarlas, cuantificando los riesgos, las ventajas  y los inconvenientes. Y a actuar en consecuencia.

En el caso de la empresa, el riesgo se define como “la probabilidad de que ocurra un suceso que impida obtener el resultado esperado en la realización de un negocio que, en teoría, habría de suponer la obtención de un lucro”.

El profesor Omar Darío Carmona  lo explica muy bien cuando afirma: “riesgo ha estado siempre asociado a decisión, a algo que debe hacerse; y el seleccionar una posible acción significa asumir una eventual adversidad o contingencia asociada a dicha acción. Por esta razón el riesgo debe evaluarse para que se pueda tomar una decisión”.

Esta evidencia está íntimamente ligada a la sociedad y a la propia existencia e implica “reflexionar acerca de qué es el conocimiento científico, los puntos de vista desde los que se argumenta, qué es a lo que se teme y la manera cómo se debe actuar”.

“Las personas que corren riesgos cambian el mundo. Pocas personas se vuelven ricas sin asumir riesgos”

Robert Kiyosaki

A pesar de todo, nos cuesta arriesgar, en la mayoría de las ocasiones por temor al fracaso. Sin embargo esta percepción del fracaso es un concepto meramente cultural. William Saito, apodado como “el Steve Jobs japonés” afirma en este sentido: “el fracaso aquí (en Japón) es una mala palabra. Yo creo en lo opuesto. Tienes que fracasar una vez y obtener esa experiencia antes. Es la manera de descubrir cuáles son tus propias debilidades y puntos fuertes”.

De modo que la percepción del riesgo puede ser algo muy subjetivo, en la que lo instintivo y lo emocional juegan un papel determinante: en el niño faltaba el instinto que ya posee el adulto.

Tanto influye en nuestra vida, que ha sido objeto de estudio por parte de los psicólogos a lo largo del tiempo. Uno de ellos, Paul Slovic, profesor de Psicología en la Universidad de Oregón, llegó a aplicar a finales de los años ochenta técnicas psicométricas matemáticas para medir las percepciones de los riesgos y su consecuencia: la toma de decisiones. Y llegó a una conclusión curiosa: percibimos un riesgo mucho mayor en un posible accidente nuclear que en la propia carretera, a pesar del mayor conocimiento que tenemos de la segunda con respecto a la primera.

Hoy sé que tener riesgo no es malo y que tanto el riesgo como el fracaso, forman parte del mismo proceso: nuestro continuo aprendizaje.

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