Lo que queda tras nuestro horario de trabajo

¿A qué hora salimos de trabajar? ¿Sentimos cada día que hemos rendido la totalidad de horas que hemos pasado en la oficina? ¿Acudimos motivados al trabajo o es una rutina de obligado cumplimiento? Estas preguntas y muchas otras son comunes en el día a día tanto de empleados como de empresarios. E incluso forman parte de programas políticos, al lado de promesas electorales que incluyen mejoras en el entorno laboral.

Según datos de Eurostat un español trabaja de media un 19,6% más horas que un alemán, sin embargo la productividad por hora de nuestros empleados está muy por debajo de Bélgica o de Alemania. La pregunta es inmediata: ¿por qué? Quizá porque seguimos cometiendo errores que hacen que no seamos capaces de gestionar bien el tiempo debido a varios factores: cultura empresarial anticuada, falta de integración de servicios en una sola interface o rechazo al teletrabajo.

El célebre árbitro italiano Pierluigi Collina, distinguido por su carisma, su rigurosidad y su capacidad para hacerse respetar, afirma: “demostrar que estás al máximo nivel de tu tarea es la verdadera autenticidad y la forma de distinguirse”. Yo añadiría: y de lograr sofisticación.

En mi opinión los horarios de trabajo han de ser flexibles e ir en función de las necesidades en la empresa ya que cada una tiene exigencias diferentes. Los años de experiencia me enseñan que el horario no es lo importante; lo realmente importante es la generación de conocimiento y talento. Y para ello lo que se necesita es disponer de un número de personas que generen dicho conocimiento. De hecho hoy ya existen muchas empresas para las que esto es lo único importante: ni el horario ni el espacio en el que se encuentren sino generar conocimiento a través del talento, y en consecuencia alcanzar sofisticación.

Creo que es precisamente la generación, difusión y potenciación de conocimiento lo que ayuda en gran manera a las empresas en su labor a la hora de afrontar el gran cambio tecnológico por el que todas han de pasar a día de hoy. Una revolución necesaria que a su vez incorpora un conocimiento al que hay que anticiparse, que requiere de unas habilidades y capacidades para las que hay que estar preparado.

Y creo también que en este proceso cuentan y mucho, tanto la motivación como la inspiración. Motivar es fácil; sin embargo inspirar es distinto y mucho más complicado, ya que en este último caso se trata de convencer a alguien de que haga algo porque realmente quiere hacerlo; además depende de una serie de intangibles. En una empresa donde el conocimiento es la clave, es necesario inspirar; y en última instancia es el perfil de la empresa el que decide si es preciso uno o lo otro.

Aquí entra en escena la responsabilidad de quien está al timón, liderando esa empresa e inspirando a sus trabajadores. ¿Cómo? Consiguiendo fomentar su potencial, invitando a la participación y reforzando el optimismo para superar sus metas y contribuir así a la consecución de los objetivos del grupo.

Un buen ejemplo de esto podría ser la empresa Google, cuyos creadores, Larry Page y Sergey Brin idearon la mejor forma de motivar a sus trabajadores en unas oficinas en las que el 60% del espacio se dedica al ocio y el 40% al trabajo. Hay quien puede pensar que esto es algo descabellado, sin embargo esta filosofía de trabajo ha conseguido cifras record de beneficios, convirtiendo a la firma en una de las más exitosas de las últimas décadas.

Google apareció en 1998 y llegó para quedarse ya que hoy en día el mundo entero hace uso de esta herramienta. En esta línea puede parecer que aquellos trabajos basados en la creatividad carecen del esfuerzo que parece que necesitan otros, cuando no es cierto. ¡Que nadie piense que alguien creativo no trabaja!

Aprendamos a leer entre líneas y a valorar lo realmente importante para nuestra empresa.

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