Las ventajas de aprender a fracasar para tener éxito

Ni yo ni nadie llevamos la cuenta de las veces que nos podemos equivocar cada día. Uno mismo falla, fallan quienes te rodean e indudablemente puede fallar la estrategia. No importa el tipo de compañía para la que se trabaja, su extensión, el número de trabajadores que posea ni el alcance de su producción. Sin embargo el lado bueno de esto es que de cada error se aprende y mucho.

De modo que tomarse este hecho como un fracaso o -lo que es peor- como una ristra de fracasos cotidianos, es un error. Antes al contrario, puede llegar a ser el mayor estímulo a la hora de seguir trabajando.

Al propio Steve Jobs lo despidieron de Apple, la empresa de la que había sido fundador; más tarde lo describió “como cuando te golpean con un ladrillo en la cabeza”. Sin embargo aquel despido le sirvió para dar a conocer su parte más creativa: “aquello me liberó y entré en una de las etapas más creativas de mi vida”. De hecho entre sus acciones más exitosas se encuentra la fundación de la compañía Pixar, que veinte años más tarde compraría Disney. De este modo se convirtió no solo en su gurú tecnológico sino en la cabeza visible de un mundo de imaginación que sigue creando las historias infantiles más exitosas hasta hoy.

Innovar y ser audaz conlleva riesgos y Jobs obviamente lo sabía. Quizá por eso triunfó; porque fue capaz de convivir con ellos y con el fracaso que puede estar a la vuelta de la esquina.

Esto significa que arriesgarse  no solo es una opción sino algo necesario, más allá de los errores de estrategia a los que nos pueda conducir. Y a pesar de llegar a fracasar en algún momento.

A lo largo de la historia empresarial ha habido sonados errores estratégicos menos conocidos que los éxitos, quizá debido a que a la historia le gustan más los éxitos. Y muchos de ellos se han podido subsanar y las empresas han salido adelante.

“Soy la única persona que sabe perder un cuarto de millón de dólares en un año. Es muy constructivo”.

Steve Jobs

Henry Ford, a pesar de su capacidad y su talento demostrados, fue incapaz de ver que el mercado le había dado la espalda con su modelo “T” de coche, que hasta 1918 había llenado las calles de Estados Unidos. No percibió que el modelo de negocio planteado hasta ese momento había tocado fondo y que había que escuchar más al cliente, por encima de sus gustos como fabricante. Y durante este retraso en la incorporación de novedades le adelantó la competencia y dejó de ser el líder, cediendo el puesto a otros como Chrysler.

En otros casos, el hecho de querer introducir cambios a toda costa ha hecho que el producto estrella de una compañía se viera fuertemente resentido. Esto le ocurrió a Roberto Goizueta, cuando en 1980, siendo CEO de la Compañía, tomó la decisión de lanzar una nueva fórmula de la Coca-Cola, cambiándole incluso el nombre por el de “New Coke”.  Esta nueva bebida no llegó al medio año de vida; las quejas de sus clientes presionaron tanto a la empresa que ésta decidió relanzar la antigua fórmula bajo el nombre de “Coca-Cola Classic”. Algo que llegó a ser comentado incluso por la clase política, calificado de “momento significativo”.

Se puede fracasar pero también se puede encontrar la idea de negocio definitiva. El abogado y filósofo austriaco Peter Drucker pensaba: “donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente”.

Si queremos resultados convencionales, comportémonos de manera convencional. De lo contrario hagamos lo que otros no se atreven a hacer, en los ámbitos en los que existe una menor competencia y por tanto mayores posibilidades de éxito.

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