Boxeo para pelear la paz interior

Un ring. Dos hombres. Y una escena que no todo el mundo comprende, que incluso ha llegado a tener mala prensa. No se trata de rufianes ni canallas, solo son dos seres humanos que en este caso no utilizan sus puños como arma, como ocurría cuando el deporte del boxeo aún no era tal.

Actualmente goza de un recorrido jalonado de grandes figuras que lo han dotado de un halo de  profesionalidad y seriedad con el que seguramente nunca soñaron quienes comenzaron a practicarlo.

Y lo practican los resilientes, aquellos que están llamados a salvarse de una vida no elegida, adjudicada sin previo aviso. Incluso muchos clubes de boxeo nacen como centros de prevención de toxicomanías y de conductas delictivas, como ocurre con la “Asociación Saltando Charcos”. Aprender a controlar tu vida con el boxeo es un adjetivo que le aporta un gran mérito a este deporte y lo convierte en salvavidas en muchos casos, obrando el milagro de convertir un problema en solución.

Si echamos un vistazo a la Historia, en La Ilíada de Homero (s. VIII a.C.) aparece una referencia al pugilismo; de hecho es la primera vez que se cita este deporte por escrito. Y cien años más tarde aparece en el programa de la primera Olimpiada. En este momento se trataba de un evento sin límite de tiempo con un final terrible para los contrincantes que combatían desnudos, con una sola capa de aceite y arena sobre la piel: mucha sangre, pérdida de sentido y en el peor de los casos, la muerte.

Con ligeras variantes pasó a Roma y desde entonces se mantuvo a lo largo de los siglos hasta que ya en tiempos modernos cobró forma de deporte por obra y gracia de una serie de normas que regularizaron lo que no resultaba más que un enfrentamiento a base de golpes y puñetazos, alejado ya de sus orígenes. Fue John Douglas, un caballero inglés, octavo marqués de Queensberry, quien parece que empujado por su afición y sus supuestas buenas maneras, impuso una serie de reglas que rigen hasta hoy: utilización de guantes de cuero para evitar en la medida de lo posible los daños en las manos;  ranking  de categorías atendiendo al peso de los contrincantes; división de las peleas en asaltos de tres minutos; establecimiento de un minuto de descanso entre asalto y asalto; prohibición de agarrarse al contrario o existencia de un árbitro director del combate.

Todas ellas se estrenaron el 7 de septiembre de 1892 en el Olympic Club de Nueva Orleans, acercando al público una visión de esta disciplina.

Ya hemos dicho que hoy el boxeo se enseña y de hecho algunos gimnasios parecen más escuelas que otra cosa; esto es indudable cuando multitud de nombres y apellidos han aprendido a vivir de nuevo gracias a este deporte. A restañar los zarpazos de la vida canalizando emociones negativas a través de una coherencia aprendida en un momento que nunca es demasiado tardío.

Quien ha tildado a los gimnasios especializados en boxeo de algo así como un monasterio budista, no se aleja tanto de la realidad. Pudiera parecer que se encuentra en las antípodas de lo anterior,  sin embargo es más lo que los une que lo que lo separa.

Si verse cara a cara con la vida significa toparse de frente con los problemas que nos acechan a todos, quizá lo más conveniente es pararse a pensar y hacerse preguntas como éstas:

  • ¿Qué hay dentro de mí que puede estar causando este problema?
  • ¿Qué patrones de conducta repito?
  • ¿Cómo puedo resolver el problema?
  • ¿Qué siento al respecto: miedo, culpa, rabia…?

Esto no es nuevo; en Hawai se conoce como Ho´ponopono, un término poco familiar para nosotros, que designa una estrategia personal para limpiar las memorias y pensamientos que se tienen y que finalmente terminan por crear la realidad en que se vive. El Ho’ponopono tiene como objetivo atraer la paz y el equilibrio que echamos en falta a través de un proceso de inspiración, arrepentimiento, reparación y equilibrio. De nuevo le damos la vuelta al problema para hacer de él una solución.

Ho’ponopono, la fórmula hawaiana para convertir problema en solución

Nuestro interior, nuestra conciencia es el único ring del mundo donde se lucha para encontrar la paz interior. Basta con no conformarse. Si somos capaces de trasladar a las cuatro esquinas de nuestro cuadrilátero interior las afirmaciones “lo siento, perdóname, gracias, te amo”, entonces habremos aprendido la técnica; ese mantra que resume la esencia del Ho´ponopono y que nos ayuda a crecer interiormente.

Enseñar a gestionar las emociones negativas como la inseguridad y el miedo; aprender a establecer dónde están los límites que no debemos cruzar es labor de un entrenador externo o de uno mismo. Y desde luego es un objetivo perfectamente alcanzable: simplificando el camino y dando permiso a la parte de nosotros que es capaz de lograrlo, atrayendo lo que es correcto y echando fuera lo que nos daña.

No es algo raro y agresivo al que se llama deporte. No es una técnica inalcanzable e imposible a la que se denomina con un nombre raro sin más. Se trata de confiar en el proceso, que no es más que el camino de cada cual.

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