El peso de un ideal

La pared desnuda de una casa, blanca y lisa, protegida de toda mancha, nos da impresión de limpieza, de pulcritud, de orden. Sin embargo no es así para todos, especialmente cuando en esa casa habitan niños.

Cuando los padres del ingeniero y profesor norteamericano Randy Pausch le permitieron pintar las paredes de su habitación, no sabían que estaban ayudando a explotar el gran potencial creativo de su hijo, quien años más tarde, al final de sus días fue consciente de lo que este hecho aparentemente tan futil, supuso para su carrera y para su vida: “una de las cosas maravillosas que hicieron mis padres fue que me dejaron pintar mi cuarto. Un día dije: quiero pintar cosas en las paredes y dijeron: OK. Pinté una nave espacial, a pesar de que vivíamos en un rancho y puse un ascensor que no iba a ningún lado”.

Esclarecedor, ¿no es verdad?

Hoy vivimos en un mundo en el que constantemente precisamos de ideas nuevas, porque se nos exige creatividad a raudales para poder hacer cosas singulares que nadie más lleve a cabo y que marquen la diferencia. Y no es fácil. En esos momentos, es cuando podemos recordar con detalle la historia de Randy; su corta existencia le deparó, sin embargo, grandes satisfacciones y todo gracias al aprovechamiento de lo positivo de su infancia y al legado de sus padres. Uno de los consejos que más impacto me ha causado lo dio en su “Last lecture”, pronunciada en la Universidad Carnegie Mellon. Esta charla, que se imparte en determinadas universidades americanas, tuvo en este caso un espectacular alcance a través del canal de Youtube, de tal manera que cincuenta días más tarde más de 25 millones de personas conocían a su autor y reflexionaban sobre sus palabras. Ese consejo fue: “¿Quieres conseguir tus sueños? Te recomiendo unos buenos padres”.

Randy nació en 1960,  nueve años antes de que el hombre pisara la luna, “un hecho que te ayuda a soñar, que te inspira” en sus propias palabras. Y en efecto, él tuvo un sueño desde pequeño: trabajar en Disney, algo que consiguió con los años, tras muchos intentos fracasados y archivados a través de las cartas de rechazo enviados desde la “factoría de los sueños”.

La apasionante historia de Randy está en las antípodas de lo que hoy se denomina estrés infantil; él no padeció episodios de pobreza o negligencia en el cuidado de los primeros meses o años, al contrario. Sin embargo también necesitó -al igual que todos- amoldarse a los imprevistos de la vida. Y eso supone un esfuerzo, que se traduce en lo que los investigadores ya definieron en los años 90 del siglo pasado como inteligencia emocional, un concepto que surge de la investigación de la emoción y la inteligencia social.

Hoy sabemos que nuestro cerebro no es inmutable, sino que posee la capacidad de adaptarse y cambiar como resultado de la conducta y la experiencia. No es algo nuevo; el psicólogo William James ya escribió en 1890: “la materia orgánica, especialmente el tejido nervioso parece dotado de un extraordinario grado de plasticidad”. Lo sabe la ciencia y nosotros también, aunque no siempre seamos capaces de ponerle nombre. Luego no somos inmutables. Ni nuestra vida es lineal.

Cuando Randy Pausch, hablaba de su creatividad infantil, remontándose a su infancia, estaba corroborando lo que ya se había escrito sobre esto: el origen de nuestro bienestar reside en nuestros propios orígenes vitales  y la inteligencia y la competencia emocionales están íntimamente relacionadas, de tal manera que una emerge de la otra.

Y aquí está la gran enseñanza para el desarrollo de nuestro trabajo y de nuestra propia vida. ¿Realmente somos nosotros capaces de verlo? ¿Cómo repercute en nuestro trabajo, en nuestra empresa?

Randy, a través de su experiencia y de su trayectoria vital fue capaz de desarrollar estas capacidades y de dejarnos varias enseñanzas, transmitidas en su “Last Lecture”:

  • Cuando haces mal un trabajo y nadie te lo dice, quieren decir que se han rendido contigo.
  • Cuando un muro aparece en nuestro camino, está por una razón; nunca para detenernos sino para mostrarnos cuanto queremos lograr.
  • Una carta de rechazo puede llegar a ser un documento inspiracional.

…y aportó algunos valiosos consejos:

  • No hay que olvidar nunca la importancia de la gente sobre las cosas.
  • Di la verdad.
  • Aprende a disculparte
  • Sé agradecido
  • Sé bueno en algo; eso te hace valioso.
  • No desistas; el oro está en el fondo de los barriles de basura.

Daniel Goleman, doctor en Psicología por la Universidad de Harvard y autor del excelente libro “Inteligencia Emocional” (1995), del cual se llegaron a vender cinco millones de ejemplares, afirmó en su artículo “¿Qué hace a un líder?”: “descubrí, sin embargo, que los líderes más efectivos, se parecen entre sí en que todos tienen un alto nivel de inteligencia emocional. El cociente intelectual y las capacidades técnicas son irrelevantes”. Y añade que el alto nivel de inteligencia emocional viene definido por cinco atributos:

  • autoconocimiento
  • autocontrol
  • alta motivación
  • empatía 
  • buen manejo de las relaciones

¿Acaso no nos habla de esto Randy? Cuando afirma “mis padres me enseñaron la importancia de la gente sobre las cosas”, está poniendo sobre la mesa la empatía, el buen manejo de las relaciones.

“Dejé que las cosas pasaran, trabajé duro y me convertí en un ingeniero junior de investigación visual en mi facultad. Desarrollé las habilidades que eran valiosas para Disney y tuve la oportunidad de entrar allí y formar parte del equipo de imaginaria. Trabajé en el “Paseo en la alfombra mágica de Aladdino””: he aquí la motivación y la consecución de un sueño gestado en la infancia.

Randy tampoco se conformó y casi sin darse cuenta nos dejó una lección admirable de superación empresarial y vital.

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