Decidir y decidirse

“La confianza es como el cristal: se ha de tener paciencia en fabricarlo y, a pesar de su aparente dureza, una vez que se rompe en mil pedazos cuesta mucho juntar los fragmentos y recomponerlo”

Charles Handy

Si hay algo que se ha valorado poderosamente a lo largo de todas las épocas de la Historia es la reputación. La que se tiene y la que se desea. Incluso la que se ha perdido. Ese intangible que todos poseemos a nivel individual y que a la larga tiene sus frutos en la confianza y la credibilidad que los demás depositan en nosotros.

Hoy hablamos de “crear marca” o branding, que significa lo mismo. De la importancia que tiene a nivel individual y de grupo; de hecho es un concepto asentado en el imaginario colectivo tanto a nivel personal como profesional. Pero, ¿sabemos qué significa? El profesor Óscar del Santo lo define de esta manera: “el branding consiste en interiorizar que cada uno somos nuestra propia marca y que nuestra presencia y nuestras interacciones contribuyen de manera activa a ir moldeando esa marca hasta darle un carácter más o menos único”.

Nuestra reputación, por tanto, deriva de aquí y en realidad es el activo más importante que tenemos. Sin embargo,  nuestro mundo actual abarca dos realidades paralelas, en las que interactuamos constantemente: online y offline. Y en ambas figuramos, junto a nuestra reputación, buena o mala. Tanto una como otra se crean de cero, sin embargo los senderos por los que discurren son muy distintos. El mundo online es ya un universo paralelo en el que gestionamos nuestra imagen y nuestra reputación; o que, en el peor de los casos la gestionan otros. Y es entonces cuando incluso podemos llegar a perder las riendas de nuestra propia vida.

La experiencia de Mónica Lewinsky, la conocida becaria de la Casa Blanca durante el mandato del expresidente Bill Clinton, nos deja reflexiones como estas: “en 1998 perdí mi reputación y mi dignidad. Casi perdí mi vida”.  En su caso, el poder de difamación de las nuevas tecnologías y los medios de comunicación alcanzó niveles desconocidos hasta entonces. Y añade: “la crueldad hacia los otros no es nueva pero a nivel online, el escarnio público se amplifica, se vuelve incontenible; millones de personas, a menudo anónimas, pueden acuchillarte con sus palabras, lo cual puede llegar a causar mucho daño. El precio personal que se paga es demasiado alto”. Llega incluso a hablar de la  “cultura de la humillación” para dirigirse al poder de las redes sociales a la hora de difamar de manera gratuita a los demás.

Lewinsky sobrevivió a aquella terrible situación, en sus propias palabras, “gracias a la compasión y la empatía de mi familia, amigos e incluso extraños, que me salvaron”. Consiguió superar el trance y romper el estigma que la acompañó durante un largo tiempo, reinventándose a sí misma. Incluso se convirtió en emprendedora, con su propia línea de diseño de bolsos, que vendía a través de internet. No se conformó con aquel final desastroso de la historia; antes al contrario, fue capaz de cambiar el rumbo de su vida y al mismo tiempo ayudar a muchas otras personas que se han encontrado en situaciones similares a través de charlas sobre lo que se conoce como  cyberbullying”.  Como añadido a su curriculum vitae podemos decir que se graduó en Psicología Social en la London School of Economics.

Un ejemplo más de insatisfacción y de superación personal, más allá de las circunstancias vitales.

 

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