Family Office: ayer y hoy

Más allá de todas las definiciones puramente académicas que se puedan dar del concepto Family Office, existe una que supera cualquier análisis y es la de quienes estamos inmersos en su origen y desarrollo. La de quienes hemos aprendido a gestionarlo desde dentro, a saber de su funcionamiento por la propia experiencia diaria y el trabajo constante.

Básicamente lo que ha de existir para poder hablar de Family Office, es una integración de los asuntos puramente personales y los intereses de negocio. Y partiendo de los requisitos mínimos para construirlo, se pretende alcanzar el objetivo más importante: una buena estructuración familiar donde la propia familia pueda recibir servicios y se organice para una adecuada toma de decisiones con una gestión patrimonial y financiera eficaz.

Ahora bien, de las responsabilidades asumidas por el Family Office también se derivan una serie de “funciones” en asuntos como la prestación de servicios y la gestión de negocio y patrimonial.

Y para conseguir una gestión óptima de lo anterior es necesario estar dotado de la sensibilidad y la capacidad suficiente para emprender el camino, aunque sea siguiendo los pasos de tus predecesores. Es una cuestión mental pero también de aprendizaje y práctica.

Según Mariano Puig, miembro fundador y presidente del Grupo Europeo de la Empresa Familiar y del Instituto de la Empresa Familiar, “una virtud fundamental de las empresas familiares es el hecho de que los propietarios pertenezcan a un grupo familiar, y por tanto, tengan una identidad y una biografía en común. Comparten una narrativa, unos valores relativos al propósito empresarial, y el planteamiento para construir el futuro”.

Esta forma de organización profesional pivota en torno a una serie de conceptos que lo delimitan en sus funciones: patrimonio empresarial; gestión de patrimonio financiero; toma de decisiones; rentabilidad…En definitiva: familia, empresa y propiedad. Pero es realmente la familia la que se convierte en el centro de todo; la que toma decisiones, la que ha de coordinar de manera centralizada los servicios financieros o personales de sus miembros; la que ejerce el papel de formación de sus miembros; la que coordina las transacciones, previendo los inevitables cambios que se producen en la vida; y por último la que previene riesgos, protegiendo los activos y el patrimonio familiar.

Lógicamente, esta estructura ha evolucionado; como queda de manifiesto en el estudio “En busca de la estructura perfecta: la evolución de las sociedades de inversión de las familias empresarias en el siglo XX”, de los profesores María Fernández Moya, y Rafael Castro Balaguer, “desde mediados del siglo XX, la paulatina revalorización de la estructura de empresa familiar como forma de propiedad capaz de sobrevivir, competir e incluso crecer en una economía capitalista cada vez más globalizada, llevó a que este tipo de compañías empezaran a ser consideradas como un modelo específico de gestión”.

1947 fue el año de la fundación de nuestra empresa y desde entonces comenzó a construirse un patrimonio que creció a lo largo de los años y que a su vez alcanzó importantes dimensiones financieras. De este estadio, pasamos a ser autosuficientes y a generar nuestra propia rentabilidad. Todo ello justificó la creación de lo que, andando el tiempo, fue un Family Office.

Esta manera de gestionar el patrimonio ha sido la desarrollada por mi familia con éxito hasta hace un tiempo, cuando optamos por virar hacia un perfil más anglosajón, convirtiéndonos en un grupo de servicios financieros y consultoría estratégica. De este modo abandonábamos el negocio tradicional, el real estate, incorporando  todas las novedades que impone la realidad y el paso del tiempo, pero conservando idéntico espíritu de trabajo en el desempeño de las funciones que exige este trabajo.

Crecimiento, consolidación y ahora internacionalización son los tres pasos que nos llevan hacia la renovación y hacia lo que somos hoy: Levante Capital Partners.

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